En España se celebran al año más de 500 festivales de cine. Solo en la Comunidad de Madrid hay más de 150. Da la impresión que hay más festivales que pueblos y, desde luego, más que pantallas donde proyectar películas. Los festivales constituyen un batiburrillo en el que parece que todo cabe: Festivales de cortometrajes, de video, de películas hechas con un teléfono móvil, que den a conocer un pueblo... Hay festivales con el propósito de difundir un cine que no siempre llega a todos los rincones y otros con el único objetivo de que el alcalde de turno se haga una foto con el famosillo que acude a presentar una película.
Pero los festivales serios poseen un propósito cultural. En el ranking de los festivales españoles, el de San Sebastián está en primer lugar. Es el único de nuestro país reconocido como de primera división, de Categoría A. En segundo lugar está el de Valladolid, la popular Seminci, que en las últimas ediciones busca una orientación hacia el cine de autor. Después vendría el pelotón con todos los demás, festivales especializados en diferentes temáticas, como el de Málaga, el de Sevilla, el de Sitges, el de Huelva, el de Granada, el de Bilbao, el de Las Palmas de Gran Canaria, el de Gijón, el de Cuenca, o los dos de Valencia, todos buscando un espacio propio.
Un festival siempre tiene vocación de acontecimiento cultural de la localidad donde se celebra. Lo más importante son las películas. Si la selección es buena y el público acude a las proyecciones, todos contentos. Como apoyo se busca llevar a rostros conocidos, bien sean los directores y actores de las películas o alguna figura de renombre. Además de dar lustre a un festival, esta presencia de actores y cineastas promocionan la localidad mucho mejor que toda una campaña de publicidad. Un tercer punto importante para un festival es que sirva de punto de encuentro. Entre los espectadores y las películas, pero también entre actores, directores o productores, entre creadores y prensa especializada... Cuando se combinan todos estos elementos (películas, espectadores, rostros populares, difusión en los medios de comunicación y punto de encuentro cultural) se puede decir que estamos ante un gran Festival, útil para la industria y con películas que cuando se exhiban comercialmente, ya tendrán parte del lanzamiento hecho.
Un premio en un festival ayuda a que un título de difícil comercialización se estrene en las pantallas. Es por eso que muchos certámenes con un premio en metálico, tienen la condición de que vaya para el productor y el exhibidor, para que se invierta en el lanzamiento comercial del filme. En general, los festivales españoles, ahora tocados por la crisis que les obliga a ajustar presupuestos, prestan un buen servicio a la industria y colaboran a llevar a la gente al cine. Pero muchas veces el público que llena las salas durante un festival, no vuelve al cine en meses. Puede parecer una contradicción, pero el acudir a ver una película en un festival es, para muchos espectadores, un acontecimiento que solo sucede una vez al año.
Opina
Fernando Trueba, sobre el estado de los festivales
