El conflicto de Irak

LAs Claves
del juicio

Imposible de Olvidar

 

Varios profesionales recuerdan cómo ayudaron a rescatar a las víctimas y evalúan las secuelas de los atentados en la capital de España tres años más tarde.

MADRID. COLPISA

 

Isidoro Zamorano, policía nacional

Eran las 7.20 horas. Isidoro Zamorano llevaba a sus tres hijos al colegio de El Pozo. De repente, la explosión. El humo. La ciudad que se nubla. Zamorano, policía nacional, cinco años de servicio en el País Vasco, donde dejó a varios "buenos amigos" por otras bombas, otros fanatismos, identificó claramente la voz del terrorismo. Dejó a sus vástagos en la puerta de la escuela, regresó al coche y enfiló hacia la nube. Negra. Venosa. Pesada. De camino llamó a un compañero. "Sí, ya vamos hacia Atocha". "¿Atocha? ¿Es imposible! `Si el humo se ve aquí, en El Pozo!", gritó por el móvil. Luego, Zamorano sintió que Madrid se rompía.


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Los mienbros de seguridad y las asistencias sanitarias que acudieron a socorrer a las víctimas se vieron muy afectados . ARCHIVO

Este viernes, en ese mismo barrio dolido donde sus hijos todavía estudian, este policía, al igual que Sonia Lamas, Rosa Suárez, Fernando Munilla, Daniel Navarro, José María Osa y Raúl Peláez, disimula bien que es un héroe mitológico. En la antigüedad, un héroe era el producto de la unión entre un dios y un ser humano. Y algo de eso hay en estas personas, y en miles de madrileños más, porque sólo desde la calidad de alguien que es mitad dios y mitad humano resulta posible penetrar en el infierno y salir indemne de él. Aunque, a veces, queden las pesadillas.


El 12 de marzo de 2004, un día después de los atentados de Madrid que causaron 191 muertos y casi 2.000 heridos, numerosos periódicos incluyeron una fotografía que retrataba a un grupo de viajeros del tren de doble piso destrozado en El Pozo agolpados contra una valla. Forcejeaban desesperados por huir de la boca abierta del infierno. Isidoro Zamorano, funcionario del Cuerpo Nacional de Policía aquel día libre de servicio, se hallaba al otro lado de la valla. Él y varias personas más lograron derribarla y liberar a unos pasajeros que "entre el humo y el miedo no podían encontrar las salidas naturales de la estación".


Luego, vino lo de arrancar los bancos para utilizarlos de camilla y socorrer a quienes no podían moverse de las vías. Zamorano identificó los restos humanos dispersos sobre la grava. Y la causa de que estuvieran allá. De pequeño jugó como muchos niños a enterrar un petardo en la tierra y hacerlo estallar. De mayor, entre 1985 y 1990, supo que aquella práctica se tornaba letal en mentes perturbadas. Lo aprendió en la comisaría de Baracaldo (Vizcaya). Algunos de sus compañeros murieron a manos no de fanáticos islamistas, pero sí de ETA. El mismo olor a muerte. Los mismos amasijos de hierro reventados de dentro hacia afuera.


"Lo que ví no se borra. Ni las sensaciones, como el silencio y el olor a muerte y a pólvora", recuerda Zamorano, que asegura que "relatar mi experiencia en El Pozo una y otra vez me ha servido de mucho. No he sentido depresión, aunque al poco tiempo de los atentados tuve que coger un tren. Era de doble piso y me tuve que bajar en la siguiente estación. No era miedo. Me puse a pensar en el sufrimiento que debieron padecer quienes viajaban en el convoy del atentado, en los revestimientos del vagón que los terroristas habían usado como material de metralla, y se me hizo insoportable. Ahora, ya no le doy vueltas, aunque el recuerdo persiste".
El agente sigue realizando el mismo recorrido que aquella dramática mañana para llevar a sus hijos a la escuela. "No puedo evitar pensar si ocurrirá de nuevo. Confío en la Justicia y, si los acusados son culpables, que vayan a la cárcel. La Policía hizo muy buen trabajo: en muy poco tiempo identificamos a los presuntos autores. Pero el terrorismo sigue ahí y si hay que meter a 20.000 policías para acabar con Al-Qaeda y ETA, habrá que hacerlo».

 

Rosa Suárez, enfermera y técnica

Hay hospitales de campaña que se instalan en el alma. Rosa Suárez tuvo el suyo montado durante un año, practicando los primeros auxilios en una conciencia flagelada, hasta que pudo "aplacar las imágenes" de la masacre. "Fue un tiempo duro por la repercusión mediática y psicológica que soportamos", dice la jefe de sección de Control de Calidad Asistencial del Samur-Protección Civil, departamento del Ayuntamiento de Madrid que actuó en primera línea de fuego tras los atentados.


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Muchos de ellos jamás olvidarán las dramáticas escenas de dolor que vivieron . ARCHIVO

Suárez entró con las primeras asistencias en la estación de Atocha. "La emisora pedía personal para otros lugares. No entendíamos nada ni nos dimos cuenta de la magnitud de los atentados hasta que nos enviaron al Ifema, vimos a multitud de personas intentado saber si sus parientes estaban vivos o muertos y nos dieron una primera estimación de víctimas". Fue el comienzo de 48 horas de trabajo sin descanso en el corazón parado de Madrid. Atendió a decenas de heridos. Comunicó a familias hundidas que un allegado suyo había fallecido. Vidas enteras se desmadejaban en su presencia. "Eso es lo que más huella me ha dejado". A los dos días regresó a su casa. Lloró. Lloró mucho. Y con el gotero del dolor agotado, se durmió. "Estaba rendida".


Tres años más tarde, Rosa reconoce que su terapia ha consistido en "evitar ver imágenes de víctimas". Peor lo han tenido, dice, muchos del medio millar de voluntarios que aquel día aparcaron su libranza y corrieron a la sede del Samur pero no llegaron a intervenir "porque ya estaba todo bajo control. Ellos han sufrido más secuelas. La impotencia de no poder ayudar es otra forma de estrés postraumático", comenta esta mujer de 40 años, con media vida dedicada a las emergencias: accidentes, atentados de ETA -ella fue una de las personas que asistió a Irene Villa- y catástrofes como el terremoto de El Salvador o el tsunami de Tailandia. Y aun así, el 11-M es "lo más duro que he visto".


"Técnicamente hemos avanzado mucho. Hubo cuatro focos de atentado en lugares diferentes y todos los heridos estuvieron atendidos a las dos horas y media. Psicológicamente también hemos aprendido de la solidaridad de los ciudadanos. Debemos estar orgullosos de los servicios asistenciales y de la gente de esta ciudad. Pero ojalá nunca se repita algo así", pide Rosa, consciente de que 'nunca' es un término frágil, fácil de doblegar con dinamita. "La bomba de Barajas nos hizo revivir el 11-M. Los compañeros pensaban que quizá fueran a encontrarse con cientos de cadáveres. La T-4 nos recuerda que debemos estar preparados".

Sonia Lamas, psicóloga

"Sí, se superará. Pero superarlo significará aprender a vivir con ello, y no con resignación. Hay gente que sigue en tratamiento terapéutico. Nadie afectado va a recuperar su vida anterior, pero sí puede recobrar un ritmo que le permita sentirse cómodo, vivir". El pronóstico pertenece a Sonia Lamas, jefe del equipo de psicólogos voluntarios que dio consuelo a las víctimas, las familias y a los propios rescatadores del 11-M. Fuera clichés: un psicólogo en campaña se encarga de extraer la metralla de la mente. "Siempre hay que darse tiempo. Y respetar los silencios de las víctimas. Muchas familias sufrieron tremendamente ese día".


Durante meses, el equipo organizó grupos de terapia. Las explosiones seguían resonando, mucho después y mucho más lejos de Atocha, El Pozo, Santa Eugenia y Téllez. "Hubo que tratar mucho con los rescatadores para que cada uno reconociera que había hecho un buen trabajo. La dimensión de la tragedia supuso la imposibilidad de abarcar mas y, en esas situaciones, se corre el riesgo de que algunos profesionales piensen que podían hacer más a la vista de tanto dolor". También se incrementó un 20% el número de solicitudes para ingresar en el Samur y Protección Civil. "Es honrosamente satisfactorio saber que, cuando ocurre una situación dramática, cuentas con el apoyo de ciudadanos con los que vas en el metro o bajas en el ascensor sin darte los buenos días".


-¿Cómo cree que afectará el juicio a los damnificados?


-Sabemos que no ayudará a cerrar las heridas. Algunas personas desarrollan duelos patológicos y otras no se recuperarán de la pérdida de un ser querido. Ha habido gente que ha tardado mucho tiempo en volver a coger el tren. Eso se va a quedar en la vida de las personas.


Fernando Munilla, bombero

 

Fernando Munilla abandonó hace nueve años su profesión como arquitecto en el ayuntamiento madrileño para presentarse a su Cuerpo de Bomberos. Se lo pidió el corazón. "No es cuestión de valentía personal. Uno solo no hace nada. Lo importante es el equipo", subraya este profesional de 43 años, a quien los atentados contra los trenes le sorprendieron cuando estaba a punto de finalizar su turno de guardia. "Un compañero me llamó: 'Ha habido una explosión en Santa Eugenia'. Todavía no había comunicación oficial, pero salimos disparados, con la fiabilidad de que el dato nos lo había dado otro bombero. De camino pasamos por Atocha. Había un mar de gente. Ya se había producido el bombazo allí".


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Varios han necesitado acudir a terapia para superar el drama. ARCHIVO

Como responsable de un servicio que aglutina a 1.500 profesionales y realiza 30.000 servicios anuales, Munilla admite que "hemos visto mucho, pero aquello superó cualquier cosa". Sólo un rescatador puede percatarse de la auténtica dimensión sentimental que representa la obligación de discernir entre muertos y heridos dentro de un vagón calcinado, con el fin de dejar a los primeros y encargarse de los segundos. "La urgencia del rescate es para quienes están todavía vivos". Y Munilla retrocede a Santa Eugenia: "Entramos en los vagones. En ese momento no pensamos; asumimos. Hay mucha gente ensangrentada. Otra, muerta. Nos dicen que puede haber otros artefactos. Tu respondes: 'Sí, pero aquí tengo a una persona malherida'. Te encargas de ella y, cuando ya está a salvo, entonces retrocedes. Al acabar, lloras".

La cuestión es hasta cuándo. El conductor de su unidad todavía padece secuelas. "Yo intento que no me afecte. Hemos pasado un tiempo donde había que contar nuestra actuación y enseñarla para sacar experiencias en sentido positivo, aunque volvías a revivir los recuerdos. En los aniversarios sucede lo mismo. ¿Sabe? Somos conscientes de que eso, o algo peor, puede volver a ocurrir porque lo que quiere el terrorista es sorprender. Técnicamente seguimos avanzando; por desgracia, porque llevamos treinta años con este tipo de acciones".

Raúl Peláez, Daniel Navarro y José María Osa, policías municipales

"Al principio imaginas una explosión. Piensas en una decena de muertos y te dices: '`Dios mío!'. Pero cuando vi aquel tren me quedé diez segundos paralizado". El policía municipal Raúl Peláez, motorista de la Unidad de Tráfico, intervino en El Pozo. Un compañero suyo descubrió la mochila con el artefacto que los terroristas no habían conseguido deflagrar. A dos metros de distancia. En plena evacuación. Mitad dios, mitad humano, según la mitología clásica, Fernando y otros policías siguieron liberando a los viajeros de los hierros mientras el otro compañero, de nombre Jacobo, agarró la bolsa y se la llevó a cientos de metros, donde los artificieros la deflagraron más tarde. "Lo primero hubiera sido notificar el hallazgo de la bomba, acordonar y desalojar la zona. El que este compañero se la llevara favoreció que los demás pudiéramos seguir sacando a los heridos. No éramos conscientes de que podía explotar".

Raúl, Daniel Navarro -que se encargó de vigilar el tanatorio instalado en Ifema- y el entonces responsable de comunicación de la guardia urbana, José María Osa, coinciden, tres años después, en que Madrid se comportó ejemplarmente. No sólo en las 'zonas cero'. En una capital de tráfico caótico, donde todos tienen prisa por llegar a algún lugar, fue posible desalojar autobuses para transportar heridos y abrir "los canales de tráfico suficientes para las ambulancias, porque el riesgo es que se quedaran atascadas. Todo funcionó", subraya Osa, quien, como Daniel, opina que la ciudad se ha recuperado de sus heridas, aunque queden en la memoria colectiva los teléfonos sonando en el bolsillo de los cadáveres y, en especial, las ausencias.

"Vivo en Entrevías, por donde pasaban los trenes, y varios conocidos murieron". ¿Han tenido en estos tres años contacto con las personas que salvaron? Responde Raúl: "Es curioso, pero no llegue a ver rostros ni me fije en quienes rescataba. Gracias a Dios. Porque convivir con las caras de personas que, en algunos casos murieron más tarde, hubiera sido muy difícil".

_Redacción | Fuente: Agencias